La Historia
“Aquí estoy yo que soy la Madre de Dios Hijo, Jesús, obediente a sus ruegos, vengo a
darles mi amor, y a declararlos como mis siervos, para que sigan cultivando la viña de
mi hijo.”
Estas fueron las palabras de Nuestra Señora a los Siete Santos Fundadores de la Orden de
los Siervos de María (Servitas) hacia el siglo XIII, orden cuya misión es seguir
expandiendo el plan de salvación de Dios por medio de su Hijo, a través del ejercicio de
la meditación de los sufrimientos que experimentó Nuestra Señora en su vida, pasión y
muerte de su Hijo Jesús, nuestro Salvador, pues fueron imprescindibles para que este plan
maravilloso de vida se diera, padecimientos que Nuestra Señora exhortó junto con su Hijo
para hacer “memoria a los hombres de su pena” y que fueron necesarios para la redención
de las almas.
La meditación del dolor victorioso de Nuestra Madre se fue extendiendo en el mundo, y
Guatemala no sería la excepción: hacia el final del siglo XVI se funda la Cofradía de
Nuestra Señora de la Soledad, cofradía que hasta el día de hoy sigue difundiendo esta
devoción.
La Cofradía de los Siete Dolores de la Santísima Virgen de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Guatemala
La fundación de esta cofradía data entre los años 1582 y 1585, cuando se comenzó a formar
en el templo de Santo Domingo de la ciudad de Santiago de los Caballeros, hoy la Antigua
Guatemala, conociéndose oficialmente los primeros reglamentos específicos para el
funcionamiento de cofradías de Nuestra Señora de la Soledad en los reinos de las Indias
Occidentales y Filipinas el 13 de marzo de 1598, año para el cual ya se contaba con
reconocimiento jurídico del Estado y la Iglesia.
En dicha ciudad se mantuvo el ejercicio de meditación de los Siete Dolores de la
Santísima Virgen, teniendo como día especial la velación de Viernes de Dolores, el
seguimiento a las funciones de Viernes Santo y el acompañamiento con su vigilia en espera
de la Gloriosa Resurrección de Jesús. Posteriormente la “Compañía de María Dolorosa”,
fundada por los Servitas, obtuvo la aprobación de la celebración litúrgica de los Siete
Dolores de la Virgen; Pío VII la incluyó en el Calendario Romano en el tercer domingo del
mes de septiembre, y más tarde San Pío X decidió fijar la fecha para el 15 del mismo mes,
en memoria de la Virgen María Dolorosa.
Proceso de la Fundación Canónica de la Cofradía de los Siete Dolores
El 30 de julio de 1907 se recibió la autorización de la separación de la Cofradía de
Dolores de la Hermandad del Santo Entierro, según documento transcrito del original por
Fr. Carlos Amado L., O.P. La lectura del documento permite inferir, en primera instancia,
el cambio de nombre de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad a Cofradía de los
Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María; también aclara que en los tiempos del
Papa Clemente VIII, cuando se instituyó la primera Cofradía de Nuestra Señora de la
Soledad, estaba prohibido que hubiese varias de la misma advocación en la ciudad.
Así, en 1907, una súplica fue presentada al Prior General de los Siervos de María, con
sede en Roma, para ser adscritos a dicha sociedad mundial, con el visto bueno del
Ilustrísimo Señor Arzobispo, obteniendo despacho favorable en la Ciudad Eterna a través
de un documento del cual se cita textualmente:
“Nos, que ejercemos el cargo de Prior General de la Orden de los Servitas,
prometiéndonos que con esta espiritual participación daremos gracias a los fieles de
Jesucristo, a fin de moverlos a más devoción y piedad; en uso de la autoridad que nos ha
sido concedida, por el tenor de las presentes concedemos en el Señor la licencia y
facultad al R. P. Julián para erigir la Cofradía de los Siete Dolores en la Iglesia de
Santo Domingo de Guatemala, con tal que no exista otra Hermandad de este título en la
referida capital.”
Fray José María Luchesi, Prior General de los Siervos de la Bienaventurada Virgen María, 15 de diciembre de 1907.
Y el siguiente fue el texto del proceso de la Fundación Canónica de la Cofradía de los
Siete Dolores, erigida de la misma manera en la Iglesia de Santo Domingo en Guatemala:
“Yo, Fr. Julián R. Riveiro, sacerdote profeso de la Orden de Predicadores, Rector de la
Iglesia de Santo Domingo y Director General de las Cofradías y Asociaciones Dominicas,
con la autoridad que me ha concedido el M. R. P. Fr. José María Luchesi, Prior General de
la Orden de los Siervos de María, como Vice Gerente suyo, instituyo, erijo y establezco
la Cofradía de los Siete Dolores de la Santísima Virgen, y la declaro legítima y
canónicamente erigida, instituida con todas las gracias, privilegios e indulgencias de
que suelen gozar y disfrutar estas hermandades fundadas en honor de Dios y de la
Bienaventurada Siempre Virgen María y de los Siete P.P. Fundadores, para bien y salvación
de las almas. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.”
En la Iglesia de Santo Domingo de Guatemala, 5 de abril de 1908.
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La Meditación — Los Siete Dolores
Oraciones iniciales
“Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y con tu corazón crees que Dios
le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero
con la boca se confiesa la fe para la salvación.”
Romanos 10:9-10
Por la Señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios
nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de Contrición
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, creador y redentor mío, por ser quien eres
y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa y me arrepiento de todo corazón de
haberte ofendido; propongo firmemente alejarme del pecado y de todo cuanto pueda
ofenderte, confesarme y cumplir la penitencia que me sea impuesta. Te suplico, Señor, que
limpies mis pecados, confiando en que por tu bondad y misericordia infinita los
perdonarás; te ofrezco mi vida, obras y trabajos para la gloria de tu santo nombre, y sé
que por los méritos de tu preciosa sangre, pasión y muerte me darás la gracia para
enmendarme y perseverar en tu santo servicio hasta la muerte. Amén.
✦ ✦ ✦
Primer Dolor
La profecía de Simeón
“Y Simeón bendijo a Jesús y a Nuestra Señora y dijo a esta: Mira, este niño que ves
está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel, y para ser el
blanco de la contradicción de los hombres… y a ti misma una espada te traspasará el
alma, a fin de que sean descubiertos los pensamientos ocultos en los corazones de
muchos.” San Lucas 2:34-35
¡Qué grande fue la sorpresa del corazón de María al oír la revelación que el anciano
Simeón profetizó sobre la Pasión y Muerte de Jesús, ya que en aquel mismo instante
María vio mentalmente los insultos, golpes y tormentos que el Redentor del mundo
padecería! Ciertamente una espada de dolor atravesaría su alma, pero otra espada más
afilada penetraría su corazón al ponderar la ingratitud de los hombres para con su
adorado Hijo. Considera que, a causa de tus pecados, tú formas parte del número de
los que necesitamos conversión, y con el corazón contrito pídele la siguiente
oración.
Oración
Señora mía, por tus lágrimas derramadas, lágrimas que hoy son gozo, te ofrezco mi
servicio para la gloria de tu Hijo y para que un día pueda alcanzar la victoria de la
fe de la que tú fuiste partícipe, la misma fe que está a disposición de todos los
fieles de hoy. Misericordioso Señor, te recibo en mi alma como Simeón te recibió un
día y reconoció la gloria de Dios al ver al Mesías, cumpliendo el Padre su promesa.
Cumple en mí la promesa de salvación, para ser digno de morar en tu casa. Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
Segundo Dolor
La huida a Egipto
“Y después que ellos partieron, un ángel del Señor apareció en sueños a José,
diciéndole: Levántate y toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y quédate allí
hasta que yo te avise; porque Herodes ha de buscar al Niño para matarle. Levantándose
José, tomó al Niño y a su Madre de noche y se retiró a Egipto, donde permaneció hasta
la muerte del rey Herodes.” San Mateo 2:13-14
Considera el dolor que experimentó Nuestra Señora al recibir San José el mensaje del
ángel, y salieron esa misma noche a Egipto para salvar al Niño Jesús de la matanza
decretada por Herodes. ¿Qué angustia sentiría al salir de Judea, por el temor de que
los soldados del rey malvado le salieran al paso? ¡Cuántas privaciones en tan largo
viaje! ¡Qué sufrimientos experimentaría en aquel país de extranjeros! ¡Qué dolor,
Señora, al ver aquel pueblo que no conoce a tu Dios! Pero, al mismo tiempo, considera
cuántas veces tú has renovado el dolor de Nuestra Señora al separar de tu alma a su
Santísimo Hijo para dar cabida al pecado.
Oración
Señora mía, ayúdame a tener la fe y la confianza que tuviste en el Señor, para
afrontar cada nueva situación que se presente en mi vida, y enséñame a aferrarme de
la mano de Dios para estar preparado y cumplir su voluntad en mí. Mi Jesús, así como
tus amantes padres te protegieron y te sacaron de Belén para no morir y cumplir el
plan de salvación, protégeme, Señor, y sácame del pecado para no morir y ser
merecedor de tu gracia. Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
Tercer Dolor
Pérdida de Jesús en el Templo
“Acabados aquellos días, cuando ya se volvían, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén,
sin que sus Padres lo advirtieran; antes bien, persuadidos de que venía con algunos
de los de su comitiva, anduvieron buscándole entre los parientes y conocidos. Mas
como no lo hallaron, retornaron a Jerusalén en busca suya.” San Lucas 2:43-45
¿Cuál sería el dolor de Nuestra Señora cuando vio que había perdido a su amado Hijo?
Y como no sabía dónde buscarle, le buscaba ansiosamente entre los parientes y
conocidos; nadie le sabía dar razón de Él. Ni obstáculos, ni comercio, ni peligros
impidieron su búsqueda, y regresando a Jerusalén, por tres largos días, le buscó.
Grande debió ser la confusión: tantas veces has perdido a Jesús por el pecado y no
has querido buscarle después, señal segura de que aprecias en muy poco el tesoro del
divino amor. Hazte consciente de la ausencia de Cristo y dirígete a Nuestra Madre, con
esperanza.
Oración
Madre mía, ayúdame a reconocer la ausencia de Cristo en mi vida por el pecado, y así
como tú, en continua búsqueda, buscaste incansablemente de día y de noche, ayúdame a
hacer esa peregrinación de fe y hallar a Jesús perdido. Señor Jesús, así como Tú te
sentaste en medio de los doctores de la ley, sé el centro de mi vida y haz de mí un
templo vivo para que puedas quedarte y enseñarme, para que yo pueda hablarte y me
permitas escucharte. Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
Cuarto Dolor
El encuentro de Nuestra Señora y el Señor Jesús camino al Calvario
“Le seguía gran muchedumbre de pueblo y de mujeres, quienes se deshacían en llantos y
se lamentaban por él.” San Lucas 23:27
¿Cómo habrá sido presenciar ese encuentro? Esa Madre, tierna y amorosa, sale al
encuentro de su amado Hijo, aun viéndolo rodeado de furiosa muchedumbre que, entre
insultos y burlas, le arrastraban camino al Calvario, llagado por los azotes,
coronado de espinas, sangrado por todo su cuerpo, llevando sobre los hombros el
pesado madero. Consideremos el dolor de Nuestra Señora al contemplar a su Hijo.
¿Quién no derramaría lágrimas al ver tan conmovedora escena? Ella fue fuerte y
tierna, dulce y firme, y ante su propio dolor se olvida de sí misma para dar
fortaleza a Nuestro Señor.
Oración
Como lo hiciste con tu amado Hijo, reconfórtame también, Señora mía, y hazme sentir
tu presencia para hacer frente al pecado. Sé mi consuelo en la pena, sé mi roca y mi
ancla, para que reflejado en tus ojos encuentre el camino del amor de Cristo. Señor,
gracias te doy, pues muchos días vigilaste el camino hasta que me viste llegar y
saliste presuroso a mi encuentro. ¡Qué grande es tu amor! Nunca lo apartes de mí.
Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
Quinto Dolor
Jesucristo muere en la Cruz
“Donde le crucificaron, estaba al mismo tiempo junto a la cruz de Jesús su madre.
Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre y al discípulo que Él amaba, que también
estaba allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo:
Ahí tienes a tu madre.” San Juan 19:25-27
Mira, alma devota, el Calvario, sobre el que hay erigidos dos altares para el
sacrificio: uno en el cuerpo de Cristo, el otro en el Corazón de María. Conmovedora
es la vista de esta dulce Madre, anegada en un mar de amargura, a los pies de su
Hijo Santísimo, parte de su misma vida, pendiente del árbol ignominioso de la cruz.
¡Ah!, como cada azote dirigido al cuerpo del Salvador penetraría también el afligido
Corazón de María. Traspasada con la espada de dolor, y al lado de la cruz, los ojos
fijos en Él, lo vio morir y entregar su espíritu al Eterno Padre.
Oración
Ayúdame, Santa Madre mía, a ser creyente, fiel, humilde y sencillo, para poder
alcanzar los méritos de la cruz de Cristo y la libertad de la esclavitud del pecado.
Padre, quiero ser siervo tuyo, como María, para que se haga tu voluntad en la tierra
como en el cielo; y como tu discípulo amado, te adopto como Madre y modelo para
aceptar y cumplir tu plan de salvación. Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
Sexto Dolor
Nuestra Señora recibe el cuerpo sagrado de su Hijo
“Fue José de Arimatea, persona ilustre y senador, el cual esperaba también el Reino
de Dios, y entró denodadamente a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús, y después de
descolgarle, le envolvió en una sábana.” San Marcos 15:43
Considera el dolor en el corazón de Nuestra Señora al recibir en sus brazos el cuerpo
muerto de Nuestro Señor, cubierto de sangre y lacerado. ¡Madre afligida, verdaderamente
es un manojo de mirra tu Amado! ¿Qué corazones no se ablandarían al ver ese dolor,
capaz de conmover las mismas piedras? María y San Juan, que no acepta ningún
consuelo, Santa María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé, en todo su profundo
dolor, junto a José de Arimatea y Nicodemo, oprimidos con el peso de tanta aflicción.
Oración
Santísima Madre, recibiste el cuerpo del Señor lastimado, entre lágrimas, pero con
paz y serenidad; aún en el dolor te mantenías fiel a la promesa. Ayúdame a ser como
tú, para que en medio del pecado pueda acercarme al Señor, confiado, dispuesto, para
que haga un cambio en mí, y no quede en vano su misericordioso sacrificio. Jesús, te
recibo no solo en mis brazos sino en mi corazón, como mi Señor y Salvador, como viva
acta de perdón por mis pecados. Limpia mi corazón con tu sangre y hazlo digno de ti.
Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
Séptimo Dolor
Nuestro Señor Jesús es colocado en el Sepulcro
“Donde fue crucificado Nuestro Señor había un huerto, y en el huerto un sepulcro
nuevo, donde hasta entonces ninguno había sido sepultado. Como era la víspera del
sábado del pueblo judío, y este sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.”
San Juan 19:41-42
Considera los sollozos que exhalaría el corazón afligido de Nuestra Señora al ver a
su amado Jesús ser enterrado, así como muchas madres lloran la muerte de un ser
amado. Por última vez miró el cuerpo exánime de su Hijo y apenas podía levantar los
ojos de tanto dolor. Cuando la piedra circular se colocó a la entrada del sepulcro,
María sintió como su corazón se desgarraba en tanto dolor.
Oración
Santa Señora, Madre mía, que abandonaste el Santo Sepulcro con el cuerpo, pero
dejaste ahí tu corazón, único tesoro, permite que todo cuanto soy, todo mi amor, esté
también allí, contigo, para tener la oportunidad de resucitar con el Señor a una vida
nueva. Verdaderamente, Señor, mi corazón arde de amor hacia ti, pues derramaste tu
sangre por mí. Gracias, Señor, por padecer como lo hiciste por mí; a ti sea dado el
honor, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.
Padre Nuestro… Siete Ave María… Gloria…
Dios te salve, María, mi espejo y mi luz, que sola te hallaste al pie de la cruz; te
llaman María de gran Soledad: socorre, Señora, esta necesidad.
Madre, Señora del Duelo Santo, la más afligida, ruega por nosotros.
✦ ✦ ✦
Oraciones de Clausura
Madre llena de dolor, permite que cuando expiremos, nuestras almas entreguemos en las
manos del Señor. (Se ofrecen tres Ave María en memoria de las lágrimas que derramó
Nuestra Señora en la vida y en la muerte de su Hijo, nuestro Redentor, rogando por las
necesidades de la Iglesia.)
Ave María… (tres veces)
Padre, que has querido que la vida de Nuestra Señora estuviera marcada por el misterio
del dolor: te rogamos nos concedas avanzar con ella por los caminos de la fe y unir
nuestros sufrimientos a la Pasión de Cristo, para que podamos ser ocasión de gracia e
instrumentos de salvación. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Letanías de los Dolores de Nuestra Señora
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de
nosotros. Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
Santa María, ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.
Madre crucificada, ruega por nosotros.
Madre dolorosa, ruega por nosotros.
Madre lacrimosa, ruega por nosotros.
Madre afligida, ruega por nosotros.
Madre abandonada, ruega por nosotros.
Madre desolada, ruega por nosotros.
Madre privada de Hijo, ruega por nosotros.
Madre traspasada por la espada, ruega por nosotros.
Madre abrumada de dolores, ruega por nosotros.
Madre llena de angustias, ruega por nosotros.
Madre clavada a la cruz en su corazón, ruega por nosotros.
Madre tristísima, ruega por nosotros.
Fuente de lágrimas, ruega por nosotros.
Cúmulo de sufrimientos, ruega por nosotros.
Espejo de paciencia, ruega por nosotros.
Roca de constancia, ruega por nosotros.
Áncora del que confía, ruega por nosotros.
Refugio de los abandonados, ruega por nosotros.
Escudo de los oprimidos, ruega por nosotros.
Derrota de los incrédulos, ruega por nosotros.
Consuelo de los míseros, ruega por nosotros.
Medicina de los enfermos, ruega por nosotros.
Fortaleza de los débiles, ruega por nosotros.
Puerto de los náufragos, ruega por nosotros.
Apaciguadora de las tormentas, ruega por nosotros.
Auxiliadora de los necesitados, ruega por nosotros.
Freno de los que incitan al mal, ruega por nosotros.
Tesoro de los fieles, ruega por nosotros.
Inspiración de los profetas, ruega por nosotros.
Sostén de los apóstoles, ruega por nosotros.
Corona de los mártires, ruega por nosotros.
Luz de los confesores, ruega por nosotros.
Flor de las vírgenes, ruega por nosotros.
Consuelo de las viudas, ruega por nosotros.
Alegría de todos los Santos, ruega por nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Oración Final
Dios Nuestro, que quisiste que la Madre de tu Hijo compartiera con Él, de pie junto a la
cruz, sus sufrimientos, haz que todos nosotros, junto con ella, participemos también en
la Pasión de Cristo y en la gloria de la Resurrección. Por Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
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Los Sonetos
A Nuestra Señora de la Soledad
¿Por qué de angustia y dolor transida la congoja revela tu semblante?
¿Por qué tu corazón, oh Madre amante, abierto se halla con profunda herida?
En un mar de amargura sumergida, el consuelo no encuentras ni un instante;
angustiada, llorosa y valiente, próxima te hallas a exhalar la vida.
De tus ojos la luz miro eclipsada,
y tu divino rostro palidece al encontrarte sola, desolada.
Y cada instante tu amargura crece,
porque al estar de tu Hijo separada, aún más y más tu corazón padece.
P.N.A.
Oración
Eterno Dios y Padre mío misericordioso, acuérdate que el Corazón Santísimo de tu
divino Hijo fue, por mi amor, afligido y atribulado en el huerto de Getsemaní, y que
en medio de su amargura a Ti solo recurrió, para enseñarme con su ejemplo lo que debo
hacer en mis aflicciones, penas y trabajos. Mira, pues, Señor, los méritos de Este y
no mis méritos, y haz que mi voluntad sea conforme a la suya, que pueda siempre, como
Él decía: no se haga mi voluntad, sino la tuya. Amén.
A la Santísima Virgen
Llena de confianza y fe llego a tus plantas, Señora, que aunque alma soy pecadora
eres mi Madre, y bien sé que consuelas al que llora.
Refugio de pecadores, Virgen llena de bondad, que con maternal piedad colmas de
consuelo por tus acervos dolores; por tu pura Concepción, en la presente aflicción
una paz firme imploro. Alcanza de tu Hijo amable a mi triste corazón.
Afligida Madre mía, tierno imán de mis amores, mis pesares y dolores yo te ofrezco en
este día. Por tu nombre de María te pido resignación, por tu amante corazón, que si
es tu voluntad me saques de esta aflicción.
A Nuestra Señora de la Soledad
Dios te salve, Reina hermosa, llena de grande amargura;
Dios te salve, Virgen pura, triste, afligida y llorosa.
Por tu Soledad penosa y por tu pena excesiva,
haz que en mí la Gracia viva, haz que logre feliz suerte;
y Tú asísteme en mi muerte como Madre Compasiva.
A la Soledad de María
Agradezco, oh Santísima Virgen, con toda la ternura de que es capaz mi alma, en esa
tu Soledad. Grande fue tu aflicción cuando presenciaste la pasión y muerte de tu
amado Hijo, pero al menos su vista te confortaba en el mar de tu aflicción.
Incomparable fue tu dolor, y por la Soledad que tuviste, ten compasión de mí, que
tantas veces, por mis pecados, he perdido a mi amado Salvador. Concédeme, oh Madre
tierna, que no sea yo causa de que Jesús abandone mi alma por mi malicia y falta de
fervor, sino que te sirva con fidelidad en esta vida, para verle y gozarle en el
cielo. Amén.
Acto de Consagración a María Afligida
Virgen Santa, Madre de mi Salvador, os escojo en este día por mi soberana, protectora
y abogada ante Jesús, vuestro divino Hijo. Imprimid en mi corazón los dolores que
sentisteis al pie de la cruz, para contarme siempre en el número de vuestros hijos;
asistidme en todos los momentos de la vida y en la hora de la muerte, a fin de que,
unida a vuestros dolores en este valle de lágrimas, y siendo en adelante
constantemente fiel a vuestro servicio, pueda merecer, por la imitación de vuestras
virtudes, la gloria que Dios concede a sus escogidos.
(*) Algunas estrofas de esta sección fueron de lectura más difícil en el documento
original — se transcribieron con el mejor criterio posible, cuidando el sentido del
texto.
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Los Poemas
Poemas dedicados a Nuestra Señora de la Soledad.
El llanto del Cielo
Por Manuel Estrada. A Nuestra Señora de la Soledad de la Parroquia de Santo Domingo, Guatemala. 2002.
Tanto has padecido, Sagrada Princesa, que has palidecido cual mística flor.
Perlas de rocío de clara belleza brotan de tus ojos, ¡oh Madre de Amor!
Hoy han florecido azucenas de oro en el terciopelo de tu negro manto,
para acompañarte, celestial tesoro, en el real cortejo, al Entierro Santo…
Y se ha enmudecido la naturaleza; sólo se oye el eco de pasos que van
por la Vía Sacra, llenos de tristeza, al Santo Sepulcro donde le pondrán…
Tan triste y serena te vemos pasar, con San Juan, llorando lleno de pesar,
con la Magdalena y con Salomé y la otra María que al Calvario fue…
Hoy se ha conmovido, al verte, hasta el cielo, que, de entristecido, se puso a
llorar…
Llora, ¡oh Virgen, llora! Madre sin consuelo…
¿Qué si llora el cielo, quién no ha de llorar?
A Nuestra Señora de la Soledad
Por Teresa Arévalo. A Nuestra Señora de la Soledad de la Parroquia de Santo Domingo, Guatemala.
En la expresión de tu rostro el sufrimiento se marca,
y en tus manos, azucenas que la unción mantiene unidas,
sobre tu pecho en que caen una tras otra tus lágrimas,
en lluvia que el penar hondo que tienes nos comunica.
Señora del duelo santo, de la pena más amarga,
dulce paloma en las redes en mayor dolor cautiva;
de una angustia sin igual llevas tu cruz en el alma,
porque ya se puso el sol que iluminó tus pupilas.
Aquel cuerpo que llevaste como tesoro en tu entraña, flor única de tu vientre,
capullo de seda fina, amortajado y exánime en el sepulcro descansa, mientras que Tú,
con angustia, revives la pasión íntegra.
El Cordero que en el campo de tu cariño triscaba; el Rabí que fuera luz hacia la que
el pueblo iba; el Dueño que a su convite a todos nos invitara; ya cayó: ¡roble talado
por hacha de profecía!
En Tu Soledad
Por Manuel Estrada. A Nuestra Señora de la Soledad de la Parroquia de Santo Domingo, Guatemala. 2011.
¡Oh, Madre desolada y llena de quebranto! La noche te acompaña, te cubre con su
manto, y en el fondo contemplas al Señor.
Abatida en tu angustia, sostienes el sepulcro donde reposa el cuerpo santo que
Arimatea dio; y tomas la corona de espinas temblorosas que sus sienes divinas
cruelmente traspasó.
Ves cerrar con angustia el sepulcro, la entrada donde Jesús quedará sin vida
sepultado. ¿Cómo apartar los ojos de tan triste morada, dejando sepultado con Él su
corazón?
Envuelta en la tristeza, del brazo de San Juan, regresas abrumada hacia Jerusalén; y
al ver para el Calvario, vivos recuerdos llegan a renovar su muerte y tu dolor
también.
La cruz ensangrentada, por Cristo tan sufrida, oh Virgen dolorida, la vienes a
besar… Con lágrimas y sangre la cruz bendecida, borrada su ignominia, la quieres
venerar…
¿Cómo poder brindarte, oh Madre, algún consuelo, si no hay tierra ni hay cielo que
alivien tu pesar? Recíbelo en tus manos, dulcísima María, y no habrá noche ni día, ni
gozo ni tristeza que puedan apartarme de vuestra compañía: concédeme esta gracia,
bellísima princesa.
Y el día que se llegue mi vida a terminar, en tus divinas manos, oh dulce Madre mía,
quisiera yo expirar…
(*) Varios versos de esta sección quedaron parcialmente cortados en los márgenes del
documento original durante la transcripción; se reconstruyeron por el sentido del poema
y conviene cotejarlos contra el documento original si se desea una fidelidad absoluta.
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